En una sociedad que valora el esfuerzo continuo, “hacer más” suele ser la respuesta automática ante cualquier problema: más ejercicios, más esfuerzo, más repeticiones, más peso etc. Sin embargo, hay una pregunta menos habitual —y quizá más incómoda— que empieza a ganar espacio en el ámbito de la salud y el bienestar: ¿y si el problema no fuera la falta de esfuerzo, sino precisamente, su exceso y el enfoque erróneo de su aplicación?

Esa es la premisa de la Técnica Alexander, un método de educación postural desarrollado en Australia y Reino Unido durante la primera mitad del siglo XX por el actor australiano Frederick Matthias Alexander. La Técnica sigue siendo relativamente desconocida en España, pero mantiene una presencia constante en países como Reino Unido o Estados Unidos.

El gesto invisible: cómo nos sentamos, caminamos o nos movemos

Entre el 80% y el 85% de la población padece alguna forma de lumbalgia. Nuestro estilo de vida (todo ¡rápido, ya!) y una asombrosa falta de educación en el ámbito postural se encuentran entre los grandes culpables de esta epidemia. Sentarse frente al ordenador, mirar el móvil, caminar por la calle o levantar una bolsa de la compra son gestos cotidianos, automáticos, y aparentemente irrelevantes. Sin embargo, se trata de movimientos posturales que, si se ejecutan sin tener en cuenta la organización natural y saludable, del cuerpo, van acumulando rigidez y tensiones innecesarias en las articulaciones, el sistema óseo, y los músculos; repetidos día tras día, lo normal es que acaben generando dolor y lesiones.

 

 

“No se trata solo de lo que hacemos, sino de cómo lo hacemos”, explica Enrique Gorostegi, profesor certificado de Técnica Alexander. La diferencia puede ser visible para cualquiera que observe con atención. Pero muchas veces es sutil: una ligera contracción en el cuello, un acortamiento en la espalda, una rigidez innecesaria en alguno de los hombros. Ese gesto sostenido en el tiempo, esa forma de uso del cuerpo puede tener consecuencias muy perjudiciales para la salud musculo-esquelética, como la cronificación del dolor, la pérdida de movilidad o la falta de función (dejar de hacer deporte o una actividad que antes se hacía). A veces ello incluso acarrea importantes impactos en la salud emocional de la persona, que se ve aquejada por algo que es perfectamente identificable y reconducible cuando se aprende con un profesor cualificado de Técnica Alexander, pero que muchas veces se trata de manera incorrecta: introducir actividades con más esfuerzo y tensión (o erróneamente enfocadas).

Cambiar hábitos sin “hacer más»

A diferencia de los enfoques terapéuticos centrados en fortalecer o corregir mediante ejercicios o intervenciones invasivas (infiltraciones, cirugía, etc.) la Técnica Alexander propone algo menos reactivo: aplicar el sentido común y prestar atención individualizada a las causas del problema: los hábitos posturales inconscientes que van erosionando el cuerpo progresivamente. Es decir, se trata de conocer el funcionamiento natural del cuerpo y aprender a usarlo sin hacernos daño.

En lugar de acumular más esfuerzo sobre la tensión y rigidez ya existente en el cuello, la espalda, rodillas, etc., la Técnica Alexander te enseña a identificar y soltar esa tensiones generadas por los hábitos inconscientes de moverse al andar, correr, mirar el móvil o portar un peso, por usar ejemplos cotidianos. No se trata de corregir la postura de forma rígida y obsesiva (más tensión), sino de ir aprendiendo a reorganizar el funcionamiento de nuestro cuerpo a partir de la observación sencilla (sentido común) y el trabajo personalizado. Cada persona es distinta y requiere un enfoque individual. Un profesor de Técnica Alexander —que sigue un riguroso proceso de formación superior a los 3 años—es la mejor guía y acompañante del alumno en un proceso experiencial y totalmente práctico, enfocado a resultados (no dolor, más funcionalidad, mayor sensación de bienestar).

Este cambio de enfoque puede resultar extraño al principio . “Estamos acostumbrados a pensar que mejorar implica hacer más, pero muchas veces exige precisamente dejar de tensionar, de forzar, y aprender a usar el cuerpo de otra manera, algo que es absolutamente posible y saludable, señala Enrique Gorostegi.

 

 

La Técnica Alexander es solo un secreto porque, contagiados por el hábito social de “siempre más”, los enfoques tradicionales no acaban de entender cómo se puede aliviar un dolor o mejorar una lesión crónica generada por movimientos repetitivos, aprendiendo a reconocer el hábito perjudicial y a dejar de hacerlo. Y ahí radica, precisamente, la gran diferencia y el  éxito de la Técnica Alexander.

Dolor crónico, soluciones habituales…¿pero son solución?

Dolores de cuello, espalda o sobrecargas musculares forman parte de la vida diaria de millones de personas. Las respuestas más comunes suelen incluir fisioterapia, medicación o ejercicio físico, con resultados variables.

En este contexto, algunos estudios —especialmente en el ámbito anglosajón— han explorado el papel de la educación postural en problemas como el dolor lumbar crónico, con resultados que apuntan a mejoras claras y sostenidas.

Aun así, la Técnica Alexander no busca sustituir el tratamiento médico cuando se prescriba o lo desee la persona. Su fuerza radica en el uso del sentido común, es decir, el conocimiento del cuerpo, la observación de los gestos posturales, y el aprendizaje práctico para lograr unos movimientos sanos, coordinados y sin rigidez.

El alivio o la eliminación del dolor musculo-esquelético generalmente suelen acompañar esos cambios. El cliente (alumno) no sale de las clases de Técnica Alexander con un cuaderno de notas y el mismo dolor; al contrario, normalmente sale con una nueva sonrisa y un gran alivio en su dolencia. Al aprender a reconocer y cambiar los hábitos posturales que le generan la lesión y el dolor, o contribuyen a ello, la persona gana confianza, autoestima y bienestar funcional y sensorial. O sea, se mueve mejor, trabaja mejor, anda mejor, y se siente mejor.

Eminencias como John Dewey, Aldous Huxley, celebridades como Madonna y John McEnroe, o expertos mundiales como el Premio Nobel de Medicina Nikolaas Tinbergen tienen claro que la Técnica Alexander es una herramienta magnífica para el bienestar musculo-esquelético y del sistema cuerpo-mente en general.

Recomiendo [La Técnica] Alexander como un método extremadamente sofisticado de rehabilitación…del equipamiento muscular en su conjunto y, a través de este, de muchos otros órganos… No cabe ninguna duda de que a menudo tiene efectos profundos y beneficiosos…tanto en el aspecto ‘mental’ como el ‘corporal’”. — Nikolaas Tinbergen, Premio Nobel de Medicina.

 

Una práctica extendida fuera de España

Aunque en España sigue siendo poco conocida, la Técnica Alexander forma parte del currículo de las mejores escuelas de artes escénicas y música de todo el mundo, donde actores y músicos la utilizan para mejorar su rendimiento y evitar lesiones.

También ha ido encontrando su espacio en entornos relacionados con el deporte, el bienestar, la gestión del estrés, la respiración y la conciencia corporal, en un momento en el que crece el interés por enfoques que integran cuerpo y mente.

En España su uso es más extendido en el mundo de la música, y está presenta en importantes conservatorios  como Musikene, en Donostia, o el Conservatorio Superior de Música de Aragón. En realidad, al trabajar sobre el cuerpo como sistema físico, la Técnica Alexander se aplica también en el deporte para reducir la prevalencia de lesiones y mejorar el rendimiento, en el ámbito de las enfermedades neurológicas (Parkinson, distonía); y con personas con problemas de equilibrio o movilidad reducida.

Hay deportistas que antes apenas podían andar sin cojear y con un fuerte dolor, y ahora corren medias maratones y practican deportes de gran exigencia física de forma exitosa y sin ninguna repercusión. Al contrario, no solo han mejorado la respuesta osteomuscular sino también la prevención de lesiones y el rendimiento.


La fórmula es clara: +consciencia corporal tensión dolor + elasticidad + mejor uso corporal = lesiones + mejor rendimiento.

 

 

 

 

 

 

 

¿Y en la escuela?

En un mundo que empuja constantemente a hacer más desde la infancia, la idea de mejorar “haciendo menos” —o “haciendo” CONSCIENTEMENTE las cosas de otra manera— plantea una reflexión que va más allá de la postura y que merece una seria reflexión social. Por ejemplo, en el ámbito escolar, verdadero caldo de cultivo donde empiezan a gestarse los malos hábitos que castigarán a nuestros hijos e hijas durante el resto de sus vidas.

Un estudio piloto realizado en Irlanda por profesores de Técnica Alexander demostró la relación directa entre un mejor uso postural de los alumnos (10 años) —en este caso ayudados por un cojín en forma de cuña— y mejoras tanto en su postura objetiva (buen uso anatómico, espalda recta sin esfuerzo, y pies bien apoyados en el suelo), como en la respuesta subjetiva del tutor y la actitud de los niños respecto a su bienestar, ya que después de probarlo, se negaban a sentarse si no podían usar el cojín en cuña.

Una pregunta abierta

Más allá de modas o disciplinas concretas, la propuesta de fondo es sencilla—aunque nada trivial. En un mundo cada vez más obsesionado con el esfuerzo (muchas veces sin saber por ni para qué), por el “siempre más”, incluso cuando nuestra experiencia corporal no mejora, sino que va empeorando, ¿estamos listos para detenernos un momento, respirar, observar, y aprender a usar el sentido común en el uso de nuestro propio cuerpo? La Técnica Alexander hace más de 100 años que respondió afirmativamente a esta pregunta. Y millones de personas en todo el mundo sonríen con gratitud al recordar el antes y el después de su decisión de sumarse a esta práctica, una práctica afortunadamente cada vez menos secreta.

Referencias:

Recursos

—Autor: Enrique Gorostegi ©